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domingo, 4 de octubre de 2015
“La Flauta Mágica”, no tan mágica y “Tosca”, un poco tosca.
Los siglos XVIII y XIX constituyeron una época de esplendor de la música, porque en ese tiempo plasmaron su genialidad los grandes compositores, que dejaron una herencia inigualable para las generaciones futuras. Entre ellos, cabe destacar a uno de los más grandes genios musicales, para algunos el más grande de todos los tiempos, que fue Wolfgang Amadeus Mozart. A pesar de su corta vida, ya que murió a los 35 años, escribió alrededor de 700 composiciones, en su mayoría reconocidas como obras maestras de la música sinfónica, de cámara, concertante y coral. En lo que a óperas se refiere, tres de las que compuso: “Las Bodas de Fígaro”, “Don Giovanni” y “La Flauta Mágica”, son consideradas verdaderas joyas líricas. “La Flauta Mágica” fue la última de sus obras y fue estrenada en Viena el 30 de septiembre de 1791, dos meses antes de su muerte, y representada posteriormente innumerables veces a lo largo y ancho del planeta. También en ese período realizó gran parte de su obra el destacado músico Giacomo Puccini, considerado uno de los más grandes compositores de óperas y sucesor de Giuseppe Verdi. Una de sus óperas más famosas “Tosca”, fue estrenada en Roma el 14 de enero de 1900 y después representada en todo el mundo.
Desde muy temprano en la historia, siempre ha habido personas (artistas o no) que se han encargado de modificar, tergiversar, distorsionar e incluso destruir las obras de los grandes maestros. Una de las primeras, o por lo menos la más notable, se remonta al Renacimiento Italiano y se trata nada menos que de una de las máximas expresiones de la pintura de todos los tiempos y que es el “Juicio Final” pintado por Miguel Ángel entre 1535 y 1541, en una de las paredes de la Capilla Sixtina. Poco después de terminado el fresco, el artista fue acusado de inmoralidad y obscenidad por pintar desnudos sensuales y después de su muerte, se aprobó una ley para cubrir las partes desnudas ofensivas con "paños de pudor", algunos de los cuales persisten en la actualidad. Uno de sus discípulos, Daniele da Volterra y otros artistas fueron los encargados de pintar los paños, por lo que recibieron el apodo de “Pintacalzones”.
En tiempos recientes, cabe mencionar a Salvador Dalí por las modificaciones que hizo de los cuadros de Francisco de Goya, en lo que se conoce como los “Caprichos de Goya y Dalí”. Diecisiete obras de este afamado pintor fueron modificadas por Dalí, con humor y provocación y pintado en ellas sus temas recurrentes, como los aspectos sexuales, las formas blandas, las calaveras, la imagen de su musa y esposa Gala y otras de sus excentricidades. Como señala la Alcaldesa de Rubí, Carmen García Lores, Dalí, recreando los Caprichos de Goya y convirtiéndolos en surrealistas, no hace otra cosa que transformarlos en Disparates, anulando su mensaje social y llevándolos al terreno irracional mediante la proyección de sus obsesiones.
En lo que a la música se refiere, una buena cantidad de composiciones y canciones han sido objeto de modificaciones, ya sea en la música en sí o en el ritmo y algunas también en la letra. Para dar unos ejemplos concretos haré referencia a la música argentina. Aquí cabe mencionar especialmente la irreverente versión de Charly García de la máxima composición del país: el “Himno Nacional Argentino”. He tenido oportunidad de escuchar algunas versiones atípicas de esta solemne composición, incluso una con instrumentos autóctonos como guitarra, bombo, charango y quena, y me ha parecido que suenan bastante bien y no ofenden a nadie, pero la de Charly García no sólo hiere al sentimiento nacional, si no también a los oídos. Otro ejemplo, es la estrambótica versión que hicieron Divididos de un clásico del folklore “El Arriero” de Atahualpa Yupanqui. Muchos años atrás el músico argentino Waldo de los Ríos hizo una interpretación popular de la “Sinfonía Nº 40” de Mozart y aunque no deja de ser, de alguna manera, algo ofensivo hacia el autor, por lo menos sonaba bien. En el caso de la versión de Divididos, no sólo constituye una irreverencia hacia Atahualpa, si no que también resulta bastante desagradable.
Tampoco el ballet se ha salvado de los modificadores. Numerosas obras maestras han sido interpretadas de manera poco ortodoxa o con vestimenta o escenografía no acorde a la época. Otras han sufrido mutilaciones, como solía decirme el eximio guitarrista Aníbal Villareal. Se ha puesto de moda en los últimos años, que bailarines famosos interpreten en una misma función, un trozo de un ballet clásico, un tema del rock internacional, como por ejemplo Pink Floyd, un tango de Piazzola y otros, en una mezcolanza de cosas que dejan al ballet propiamente dicho, fuera de contexto. Como si el “Lago de los Cisnes”, “Cascanueces”, “Giselle”, “Romeo y Julieta”, “Sueño de una Noche de Verano”, “Coppelia”, “La Bella Durmiente” y tantas otras obras maestras, no tuvieran la suficientemente importancia o belleza como para dedicarles una función completa.
Volviendo a “La Flauta Mágica” y a “Tosca”, tuve la oportunidad de asistir a la primera de ellas el martes 15 de septiembre de 2015 en el Teatro del Libertador, con una puesta en escena moderna de Marcelo Lombardero y en marzo pasado, en el mismo teatro, a la segunda, en una representación también moderna de Alejandro Cervera.Cuando veo cosas de este tipo, especialmente con una vestimenta tan inapropiada, siempre me surgen dos preguntas: ¿Qué se les habrá cruzado por la mente a los artistas, como para tomarse la atribución de modificarle una obra a un grande del arte, como en estos casos, Mozart y Puccini? y ¿Qué pasaría si el autor se levantara de su tumba y viera lo que han hecho con su obra? Dudo mucho que el compositor austriaco estaría entusiasmado con la puesta en escena que hizo el maestro Marcelo Lombardero, como dice el Portal de Noticias del Gobierno en Internet.
En un comentario que leí días atrás en un periódico, la autora menciona que la obra de Lombardero, iba un paso más allá cuando deja de lado algunos aspectos más oscuros -como el rol relegado de la mujer, o cierta postura que hoy podría tildarse de “discriminatoria” o “racista” -para rescatar su aspecto mágico, de “cuento”. Yo diría enfáticamente, que si esta nueva versión dio algún paso fue, sin lugar a dudas, hacia atrás. Aunque algunos aspectos visuales resultaron algo atractivos, no compensan, de manera alguna, la distorsión de la ópera y más aún, cuando Tamino comienza a tocar la flauta mágica y entre los animales del bosque, desfilan dinosaurios y otros seres antidiluvianos o aparecen los Tres Magos, con atuendo playero en un pintarrajeado autito. También me resultó de muy mal gusto que Papageno, para hacer reír al público, incluyera cordobesadas en su lenguaje alemán.
Yo no soy un crítico de arte, ni mucho menos, pero creo tener algo de sensibilidad al respecto y sobre todo, un gran respeto por las obras de los grandes maestros. Con estos “antecedentes” y con el respeto que también se merecen estos destacados coreógrafos, yo les sugeriría que si consideran que las obras clásicas como tal no tienen cabida en estos tiempos, o compongan sus propias obras, ya que por lo visto condiciones es lo que les sobra, o bien busquen obras de otros autores de la actualidad, pero que no modernicen las clásicas.
No quiero terminar esta nota sin resaltar las brillantes actuaciones de la Orquesta Sinfónica y de su director, Hadrian Avila Arzuza, como así también la de los coros y la de los diferentes solistas, que han sido, indudablemente, los verdaderos artífices de las obras.
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